El destacado poeta, declamador y locutor David Ortiz Angleró -quien fuese vicepresidente de nuestra Junta de Directores en el 2003- falleció el pasado fin de semana.

Por: Mario Alegre Barrios

De entrada doy mis excusas por apropiarme de este espacio y presentarme así, de manera tan imprevista y escribir en primera persona, pero es que esta es de la única manera como se puede hablar de la muerte de un amigo, de la partida de alguien querido que nunca morirá del todo mientras el olvido no lo arrope.

Hay conversaciones que no se olvidan y de esas yo atesoro tres con David Ortiz Angleró, el amigo poeta -quien fuese vicepresidente de nuestra Junta de Directores y comprometido colaborador del Conservatorio de Música de Puerto Rico- que vivió la palabra como hoja de ruta a lo largo de toda su existencia y cuya muerte el pasado fin de semana sacudió mi memoria para traer de vuelta aquellas tres charlas que sellaron una amistad que comenzó hace veinte años, precisamente con la primera de esas pláticas que derivaron en entrevistas publicadas en El Nuevo Día.

Fue en los últimos días de febrero de 1994 cuando David me contó una breve anécdota que explicaba cómo tuvo conciencia de la resonancia de las palabras.

“Papá, ¿qué es el eco?”, le preguntó el niño David a su abuelo Manuel. “El eco –le respondió el viejo- es como si las palabras se subieran a un carruaje jalado por caballos negros y se las llevara lejos, a través del viento, y luego las trajera de regreso”.

Desde entonces –a principios de la década de los 40- David profesó una reverencia profunda por el verbo, inoculado de manera genética por la vocación poética del padre de su madre, don Manuel Angleró, mejor conocido como Don Cuco.

Así comenzó David aquella primera conversación hace dos décadas, evocando a su abuelo, un jíbaro de enorme sensibilidad. “Él era artesano y también fabricaba esas máquinas que se utilizaban para romper el café”, me contó entonces. “Lo recuerdo con mucho afecto. De él aprendí a respetar la naturaleza. Cada vez que cortaba un árbol sembraba otro. La voz de mi abuelo era muy linda: redonda, pausada, pródiga en ritmo y ternura. Me fascinaba escucharlo cuando hablaba y me asombraba la profundidad de su decir. Ello me llevó a enamorarme de muchas cosas, entre ellas, de la poesía”.

Aquella pasión primitiva de David por la palabra tuvo la fortuna de encontrar más tarde el cauce que desembocaría en el descubrimiento de Pablo Neruda: una profesora de español le regaló la cuarta edición de “Veinte poemas de amor y una canción desesperada”, revelación que lo marcaría para el resto de sus días.

Cuando le pregunté ¿para qué la poesía? David me respondió que ella “es un oasis, sobre todo en estos instantes en que hay tanto dolor y violencia”. “Es como un refugio, como un pecho tierno donde cobijarse”. Añadió. “Sin ella nada sería igual. No hay vida posible sin el verde de la poesía, sin esa fuente de agua viva que canta a la esperanza”.
Locutor, declamador y poeta -entre varios oficios- David vivió a tal grado su pasión por la poesía nerudiana que a principios de los 90, cuando se aproximaba el vigésimo aniversario de la muerte de Neruda, se lanzó a la aventura de hacer un documental en tributo al poeta chileno y visitó Isla Negra, Temuco, Parral, Valparaíso y Santiago de Chile. Estableció relaciones con la Fundación Neruda, pero el deseo nunca se materializó por dificultades insalvables de índole financiero.

No obstante, los contactos perduraron y de ellos consiguió material sobre el poeta chileno, grabó el disco “Confieso que he vivido” y montó el recital “Neruda”. “La poesía es, desafortunadamente, un producto de minorías”, sostuvo siempre David. “Hay que tener mucha fe en ella para empeñarse en hacer este tipo de proyectos”.

Con el interludio de una charla dos años después, en la coyuntura de la reposición de ¨Neruda”, en febrero de 1998 otra iluminadora conversación con David, esa vez con el pretexto de la presentación del disco “Cien Años de Amor”, dedicado a la obra poética del bayamonés José Antonio Dávila, quien falleció en el momento de mayor incandescencia creativa.
“Solo se ama de verdad aquello que se conoce profundamente”, me dijo David una tarde de lluvia de ese segundo mes del 98 en la Casa Aboy.

Luego nos volvimos a ver en varias ocasiones y hablamos. De sus proyectos, de los míos, pero no sé por qué -cuando supe de su muerte el pasado domingo- fueron esas tres conversaciones las que primero llegaron a mí para acompañarme en la silenciosa despedida.

Gracias David…

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Categoría(s): Noticias